Elogio del color

on 2 octubre, 2026
El blanco, el gris y el negro llevan tiempo ganando la partida en casi todo lo que compramos. Varios medios se han preguntado últimamente por qué el mundo ha perdido sus colores. Centrándonos, por ejemplo, en la flota automovilística, un análisis de iSeeCars sobre más de 22 millones de vehículos usados en Estados Unidos revela que el blanco, el negro, el gris y el plateado representan el 80,4 % de los coches del año modelo 2025, frente al 60,3 % de los de 2004. El Ford T salía solo en negro por pura eficiencia de fábrica, y los edificios decimonónicos eran de piedra y mármol. Los pasos hacia el color han sido siempre pendulares: la austeridad de posguerra dio paso a los tonos saturados de los cincuenta, y el racionalismo gris provocó, ya en los ochenta, la respuesta desatada del grupo Memphis. Lo interesante es cómo se reparte hoy el color. Tiende a instalarse en lo efímero, en lo que se renueva cada temporada, y deja la neutralidad para lo que pensamos conservar. Ahí la arquitectura juega en otra liga. Un edificio permanece décadas en el paisaje de quienes viven cerca de él, y su color se incorpora a la imagen cotidiana de una calle o de un barrio. Nadie lo cambia como se cambia de móvil.   O7 Montjuic piscina

Colores que se quedan en la memoria

Hay edificios cuyo color se recuerda antes que su forma. De otros conservamos una impresión más difusa: el rojo que aparecía al doblar una esquina, el azul de una escalera abierta al cielo, una fachada que cambiaba de tono según se avanzaba por la calle. La arquitectura se ofrece a la mirada durante años, bajo luces distintas y desde recorridos que rara vez elegimos. Durante mucho tiempo se ha tratado el color como una propiedad fija de las superficies, algo que se escoge en una muestra y se traslada sin pérdidas a la escala de un edificio. Basta sentarse frente a una fachada durante una tarde para desmontar la idea. El sol desplaza las sombras, una nube enfría el conjunto y el pavimento devuelve luz a los planos bajos.  

Goethe, Wittgenstein y la duda razonable

Goethe se fijó pronto en esa inestabilidad. En su Teoría de los colores recogió los contrastes, las imágenes que quedan en la retina al apartar la vista y el papel del ojo en lo que creemos ver. Su física de la luz no resistió el debate científico, pero sus observaciones siguen siendo un manual de uso para las artes. El color depende de un observador y de unas condiciones, y una tonalidad cobra fuerza junto a otra, se apaga con cierta luz y deja una huella pasajera en la mirada. Más de un siglo después, Wittgenstein retomó el asunto desde el lenguaje en sus Observaciones sobre los colores, escritas en Oxford en 1950. Se preguntó qué queremos decir cuando llamamos transparente a un color y cuándo aceptamos que dos superficies tienen el mismo. Su célebre rompecabezas del “blanco transparente” revela lo resbaladiza que puede volverse una palabra cotidiana en cuanto intentamos afinarla. Los arquitectos lo saben por experiencia: dos muestras idénticas en catálogo pueden ser hermanas en el papel y extrañas en la obra.

El cuerpo también mira

Merleau-Ponty da otra vuelta de tuerca. En su Fenomenología de la percepción, ver es una actividad del cuerpo entero, que se mueve, se orienta y está rodeado de cosas. Un muro nunca es una lámina de color suspendida en el vacío. Tiene una altura que hace levantar la cabeza, una rugosidad que se descubre de cerca y unos bordes donde se encuentra con el cielo, con los árboles o con el edificio de al lado. Su color solo existe dentro de ese campo de relaciones, y cada paso lo reordena. De ahí que el color arquitectónico tenga tiempo propio. Lo que a distancia parece una tonalidad continua se deshace de cerca en piezas, juntas y reflejos. Desde una vivienda se ve el reverso de un peto que desde la calle era apenas una línea, y bajo una terraza el mismo revestimiento gana profundidad. Proyectar el color implica pensar en la orientación de los planos, en la textura de los materiales y en cuánto se tarda en recorrerlos. Hay también una carga emocional. Eva Heller defiende en su Psicología del color que las asociaciones cromáticas están profundamente vinculadas al lenguaje, la cultura y la experiencia. Un ocre o un azul profundo cambian la manera de habitar una estancia, aunque el plano no diga una palabra al respecto.

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Arquitectura y Color

La historia de la arquitectura está llena de respuestas a estas cuestiones. En la casa Schröder de Utrecht, construida en 1924, Gerrit Rietveld llevó al espacio el vocabulario de De Stijl, el movimiento holandés del que formaba parte Piet Mondrian. Blancos, grises, negros y colores primarios separan planos y elementos en una composición que se reconfigura según dónde esté el observador. Del cuadro de Mondrian hereda el equilibrio entre línea, superficie y color, y a la casa le añade profundidad y vida cotidiana.   Tableau 1 - Piet Mondrian       En Calpe, Ricardo Bofill fue en otra dirección con la Muralla Roja. Los rojos y rosas de los volúmenes exteriores recortan el edificio contra el Mediterráneo, mientras los azules y violetas de patios y escaleras alteran los recorridos y a veces se confunden con el cielo. El color acompaña un laberinto de geometrías, marca los cambios de ámbito y desdibuja el punto exacto donde acaba la arquitectura y empieza el horizonte.       Muralla Roja - Ricardo Bofill Otra manera de aproximarse al color, menos teórica y especialmente útil a la hora de proyectar, aparece en el trabajo de Sanzo Wada. Sus diccionarios de combinaciones cromáticas reúnen cientos de propuestas en las que el interés no reside tanto en un color aislado como en las relaciones que establece con los demás. Tonos que podrían parecer secundarios adquieren otra intensidad al combinarse; otros se equilibran, se apagan o se refuerzan mutuamente. En ADORAS recurrimos con frecuencia a los libros de Wada durante el proceso de proyecto. Nos interesan precisamente porque permiten pensar el color desde la combinación y no desde la muestra aislada. En arquitectura, una tonalidad nunca aparece sola: convive con materiales, carpinterías, pavimentos, vegetación, sombras y reflejos, pero también con los colores de los edificios y del paisaje que la rodean. Las paletas de Wada funcionan así como una herramienta para explorar relaciones cromáticas, probar afinidades y contrastes y abrir posibilidades antes de trasladarlas a la materialidad y la escala del edificio. Libro A dictionary of color combinations - Sanzo Wada     Cuando el paisaje forma parte de la ecuación, el problema gana capas. En O7, el conjunto residencial que ADORAS ha proyectado en Montjuïc para Kronos Homes, la sucesión de volúmenes y terrazas se mide con el verde de la montaña y con un cielo muy abierto. A cierta distancia manda la silueta, y al acercarse aparecen los planos resguardados, los cantos, las superficies y las variaciones de luz. Lo interesante de esa doble lectura, lejana y próxima, es que ninguna agota al edificio. Puede que el gris de nuestra época sea también una forma de descanso en un mundo saturado de estímulos. Una ciudad que solo conociera ese descanso, sin embargo, tendría poco que contar. Elegir un color para un edificio compromete algo más duradero que un gusto pasajero. Durante años entrará en conversación con las estaciones, con los edificios vecinos y con las costumbres del lugar. Su imagen variará con las horas y, aun así, acabará siendo reconocible. Trabajar con color supone aceptar la responsabilidad de intervenir en la memoria visual de un lugar. Porque el color que elegimos hoy puede acabar formando parte, durante décadas, de la imagen con la que otros reconocen una calle, un barrio o una ciudad. En esa mezcla de cambio y familiaridad está buena parte de lo que el color puede aportar a la arquitectura.Leer más
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